viernes, 3 de enero de 2014

Diario de un 2PVD2C: Tropezar dos veces con la misma piedra

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Voy a confesar que, tras la media hora larga de risa floja que me entró al ver el positivo en el test de embarazo, el primer pensamiento que vino a mi mente fue de cierta angustia. Una tiene ya una edad y ninguna gana de volver a pasar por las discusiones, los tiras y aflojas y las charlas con los “gines” de mi hospital. Necesité algún tiempo para entender que la vida me daba una segunda oportunidad para tropezar con la misma piedra. Pero esta vez a lo grande, disfrutando e intentando que, del tropezón, la puñetera piedra se suelte del hormigón en el que lleva sujeta tanto tiempo y acabe, al menos, un poquito más suelta. Así que me propuse hablar de nuevo con el jefe de servicio de mi hospital, el mundialmente conocido Dr. V, quien ya fue protagonista en el capítulo 4 de "Diario de un pvd2c".
Unos días antes de mi semana treinta, escribí una carta pidiendo información sobre el protocolo del hospital en mi caso personal (cuarto embarazo, dos cesáreas y un pvd2c) y adjunté el consentimiento informado (CI) y el informe al alta de mi parto vaginal en el hospital de Cruces (un pequeño "chúpate esa"). Es gracioso, he necesitado cuatro embarazos para escribir mi primer plan de parto. Para ello, simplemente tomé "prestado" el de la Estrategia de Atención al Parto Normal (EAPN) y lo suavicé un poco, por ser mi caso un parto de cierto riesgo. En realidad, el texto oficial me parecía demasiado "heavy" para mi hospital, nada apropiado para una "señora parturienta". 
Los dos textos eran, a simple vista, sumamente educados y desprovistos de emoción, porque cuando una se pone las perlas, sabe ser muy formal. Pero contenían dos frases que, lo sabía a ciencia cierta, no le pasarían desapercibidas. 
Despedía mi carta ofreciéndole dos vías de contestación, por escrito o de forma personal (sé, y no solo por experiencia personal, lo mucho que disfruta charlando con mujeres que buscan una atención más respetuosa). Y comenzaba el consentimiento informado solicitando ser atendida únicamente por matronas (a ser posible la misma) siempre que no hubiera ninguna desviación de la normalidad durante el parto. Parece que semejante osadía no podría dejar de ser contestada.
Dicho y hecho, en unos días recibí la cita (increíble rapidez que agradecí como correspondía). El día antes me acosté tarde, repasando y empollando estudios científicos, EAPN y Ley de Autonomía del Paciente. Por la mañana entré en su despacho y me sorprendí a mi misma sin un ápice de nerviosismo, dispuesta a pelear con una sonrisa.
La primera sorpresa fue mía. Me permitían intentar trabajo de parto gracias al nacimiento de Clara. Parece ser que los vascos habían desactivado mi útero explosivo y tenía el privilegio de ser aceptada como posible parturienta. No pretendo ser cínica, sé que un parto vaginal reduce el riesgo de rotura uterina en embarazos posteriores. Fueron sus palabras y el tono de voz empleado lo que me molestaron. O tal vez, es que soy muy sensible.
  • ...Mire usted, nosotros por ejemplo lo que hicieron en Cruces, no lo hacemos [...]. Ahora, como usted ha tenido un parto después de dos cesáreas, las cosas cambian. Las cosas cambian en el sentido, ¿que usted quiere parir? Pues nosotros dejamos que usted para. Que se desvía lo más mínimo de la normalidad, pues hacemos cesárea.
Así que recompuse todo mi discurso y me centré en mi consentimiento informado. Ese que no pide más que lo que recibí en el hospital de Cruces hace ya tres años. El consentimiento del que no aceptó ni uno solo de sus puntos. Cuando digo ni uno solo, es ni uno.
A partir de este momento comenzamos un diálogo muy teatral. Yo pedía y él negaba hasta la extenuación. 
NO, a ser atendida únicamente por matronas, ya que la última palabra la tiene el ginecólogo de turno.
Por supuesto, es posible que esté presente alguna matrona, pero siempre que el “gine” desee "entrar a echar un vistazo" podrá hacerlo.
Es más, cualquiera que desee entrar en el paritorio podría hacerlo independientemente de su cargo (imagino que se refería únicamente al personal sanitario, aunque no descarto que celadores, personal de limpieza, administrativos varios y personal de mantenimiento fuesen invitados a visitar la sala).
En cualquier caso, al ser un hospital docente, no pedirían ningún permiso a la mujer, puesto que es una condición que asume al entrar por la puerta. Allí se enseña y los pobrecitos estudiantes tienen derecho a asistir a los partos, independientemente del deseo de la mujer.
Estaría acompañada por la persona de mi elección “hasta que lo manden salir y no volverá, hasta que le manden entrar”. Este punto fue muy gracioso, porque a eso él lo llama, “acompañamiento ininterrumpido”. Yo lo llamo “confusión lingüística”.
El punto de la monitorización continua, técnica que yo aceptaba aunque prefería en ventana, no fue sino preludio de la ingesta de líquidos durante el periodo de dilatación, a lo cual se negó alegando que era una imposición del servicio de anestesiología. En un momento dado, cuando se me ocurrió mencionar que la EAPN apoyaba este punto, casi salta de la silla. Su respuesta fue algo así como:
  • “Estrategia” es el protocolo de este hospital[...]; el servicio de anestesistas nos dice que ustedes no pueden tomar nada por vía oral cuando están de parto, todas las estrategias no me valen.  
A pesar de que me ofrecí (o al menos lo intenté) a hablar con el equipo de anestesistas, de que le informé (o al menos volví a intentarlo) de que la tasa de mortalidad materna por aspiración es de 7 cada 10 millones de nacimientos, él zanjó la discusión con un contundente:
  • Ustedes se tienen que atener a lo que nosotros hacemos. ¿Que no quieren atenerse? Pues nosotros no las podemos atender. Una mujer que está de parto no puede tomar agua, zumos ni nada, absolutamente nada.
Es curioso, porque a partir de este momento se dirigió a mí en un constante y plural "ustedes" que me hizo sentir sumamente mayestática.
En cualquier caso, a pesar de que el tono de voz subía, no pude callar mi preocupación acerca de la hidratación de las mujeres, en un periodo tan sensible como es la dilatación. Rápidamente lo solucionó con hidratación endovenosa, momento en el que le recordé el punto de mi CI que tan alegremente se había saltado unos minutos antes: el punto de la salinización de la vía. Respuesta a semejante osadía:
- Que me da igual, señora. Pero se la va a hidratar. Si usted necesita hidratación, se la pone por vía endovenosa- (añadan tono de voz tipo “mira, niña...).
Cambio de tercio y de punto del CI. Aunque el hombre debió de pensar “salgo de Guatemala y me meto en Guatepeor”: libertad de movimientos. Tal vez pensáis que no hay ginesaurio en España que no mire con cierta condescendencia a la mujer cuando pide libertad de movimientos. Luego, simplemente acepta diciendo aquello de "siempre que sea posible", aunque luego no te deje salir de tu camita. Pero es que mi querido Dr. V no entiende el concepto de “políticamente correcto” y allá que embiste cual Miura desbocado.
- La monitorización continua es imprescindible en mi hospital y los cables no tienen largura suficiente para permitir la movilidad. Apenas un metro de cable, me mostró con sus manos. Mi contestación suena poco apropiada (al menos para una señora como yo) pero fue lo que me salió: "Usted no sabe lo que yo soy capaz de hacer con un cable de esa longitud".
Escuchar de su boca cómo se jactaba de que todas las mujeres dilataban tumbadas en una cama (2.700 partos anuales) pudo más que mi mesura. No pude evitar lamentarlo por ellas y sorprenderme de que pudieran parir con semejante tortura. Lo más curioso es que se sonrió como si no entendiera lo que estaba diciendo. 
  • Claro, ahora entiendo la razón de la tasa de cesáreas de este hospital"- (33% según datos del SACYL en 2010) fue mi respuesta.
Le pillé descolocado, porque trató inmediatamente de explicarme las razones de su “elevada tasa de cesáreas" (son sus palabras) cháchara que aligeré con un "no se preocupe, ya las conozco, he sufrido dos cesáreas en este hospital". 
Lo del manejo del dolor es otro tema que por sí mismo daría para un libro. Con lo bonito y amable que me quedó en el CI, agradeciendo que me informaran en el momento de cualquier método no farmacológico de alivio del dolor. Que hasta le hice una lista con unos pocos para que supiera de lo que hablo. Pues su respuesta fue que no los conocía y que no los hacían en el hospital. No sería especialmente jocoso si no fuera porque los métodos consisten en calor local, masajes, duchas de agua caliente, posiciones alternativas o pelotas. Volví a preguntar si no conocían métodos como las duchas de agua, a lo que muy serio me respondió que no. Me quedé con las ganas de explicarle para qué sirve la pieza extra que tiene en el baño.
Os voy a evitar el resto de la conversación, que en total duró no más de veinte minutos. Solo deciros que, por negar, se negó al pinzamiento tardío del cordón y a que fuera yo quien lo cortase. En general, me indicó muy amablemente que nosotras no podíamos limitar el trabajo de los médicos. Que un CI es un documento para que los profesionales hicieran mejor su trabajo y no para que las mujeres impusieran absurdos límites que aumentaban el riesgo para sus vidas y las de sus bebés.
Hay dos perlas que no me resisto a compartir con vosotras. La primera es que he subido de categoría y he pasado de ser "una madre que pone en riesgo la salud neurológica de su hija por el capricho de parir" a "una persona con muchísimo riesgo, por tener una cicatriz que ha sido usada dos veces".
¡No me digáis que solo por este "ascenso", no merece la pena volver a quedarse embarazada!
La otra fue la frase con la que quiso rematar mi petición de que no se me dirigieran los pujos y mi negativa rotunda a la episiotomía. Adivinad.
  • Nosotros le vamos a atender el parto como Dios manda, con las debidas atenciones… No se ría, que es así- cuando le aseguré que solo me sonreía y que yo también hablaba muy en serio en mi CI, él remató la frase con el plural mayestático-. Que sí, que sí, que ustedes lo dicen todo muy en serio.
Finalmente y ante mi petición de poner por escrito su opinión sobre mi CI se negó. Me dijo textualmente que no volvería a atenderme ni verbalmente ni por escrito y que, si así lo deseaba, podía ir a poner una denuncia o una reclamación a Gerencia. 

Mi reflexión acerca de dicha conversación:
Me he sentado cara a cara con un médico que eligió una de las especialidades más maravillosas, gratificantes y emocionantes del mundo. Una especialidad que solo debería cursarse desde el mayor amor, respeto y asombro a la naturaleza y a la fisiología de las mujeres. Pero me levanté de aquella silla siendo consciente de que ese hombre no veía en mí una maravilla de la naturaleza. Solo era capaz de ver un "personal de muchísimo riesgo". No ve en mí un igual que tiene derecho a decidir qué se le puede o no hacer. No soy un ser que puede decidir, con toda la información y evidencia científica, cómo ser tratada.
Me entristece la gran cantidad de mujeres que tienen que parir sin ser escuchadas. Yo no voy a ser una de ellas, pero tampoco voy a mantener el silencio como he hecho tantas veces antes. Ha llegado el momento de levantarse y mostrar que este cambio es imparable. Que todos nuestros niños merecen venir a este mundo rodeados del amor y el respeto que no nos dan.
Fui cordero muchos años, me tragué mi dolor y mis lágrimas en silencio, como mandan las costumbres y la buena educación. Una vez me atreví a llevar la contraria y me transformé en leona. Ya no hay marcha atrás.

jueves, 2 de enero de 2014

El golpe de bienvenida en las nalgas



Por Lourdes Pascual.

«Existe sobre la Tierra una especie animal en la que el pequeño que sale del vientre de su madre es cogido por un adulto por las patas traseras y, cabeza abajo, golpeado, hasta que grita. Después de hacerle dar vueltas en todos los sentidos, se lo embala y se lo coloca aparte. El cuerpo caliente y alimenticio que lo envolvía y sobre el cual, como todo animal después del agotador trabajo de nacer, desea reposar, está fuera de su alcance. Escupido al instante en el espacio inmenso encuentra el vacío, y vive en solitario la aventura más fundamental que nunca fue ni volverá a ser vivida. No está en el mundo, sino a un lado. No tiene ningún asidero, todo viene de fuera cuando quiere. Todo lo que puede hacer es gritar.
La cría de esta especie tiene el grito más rabioso y lastimero de toda la fauna terrestre.
El adulto que, cuando oye en la noche la insistente voz de un gatito, sabe que se trata de un abandonado, no intenta interpretar los gritos de su propia cría: está acostumbrado, los ha oído siempre. Los encuentra “naturales”. Que su pequeño sea el único que lo haga de una forma tan desolada, y que perduren tanto tiempo después de su nacimiento, no consiguen extrañarlo.
[...]
El golpe de bienvenida en las nalgas es una especialidad de las sociedades humanas con estructuras patriarcales, que en la actualidad ocupan casi toda la Tierra bajo formas diferentes, incluida aquella en donde nosotros mismos nacemos y somos golpeados, y que es la más avanzada de todas. Estas sociedades se basan en relaciones de dominación.»
Christiane Rochefort, Los niños primero, 1977 

viernes, 27 de diciembre de 2013

El nacimiento de Andrés

        Artículo completo en elpartoesnuestro.es


Por María López de Hierro

Le miro mientras sonríe ensimismado a segundos de dormirse, le miro y le doy las gracias.



Antes de comenzar, contaros que antes de dar a luz era ya madre de una hermosa niña que vino al mundo de la peor manera. Estuvimos marcadas por un parto traumático en una clínica privada, una inducción en la semana 38 por motivos totalmente injustificados en un entorno rodeado de prisas, gritos, juicios de valor e injurias contra mi persona por “no saber parir”, una historia clínica (la cual solicité) incompleta, inconexa y plagada de falsedades. Un parto que fue un sinsentido y que marcó los meses venideros con un Trastorno de Estrés Postraumático hasta que un buen día, preparando el nacimiento de Andrés en una de mis clases de Hipnonacimiento, conseguí finalmente pasar página, centrarme y luchar con todas mis fuerzas por lo que estaba por llegar. Aun así, tenía una fuerte aversión hacia el entorno hospitalario, de modo que consideramos un parto en casa. Lo descartamos por motivos económicos, como tantas madres. Finalmente y tras el “peregrinaje hospitalario” por el que pasamos muchas, dimos con el Hospital de Torrejón. Aunque como veréis más adelante, no dio tiempo de disfrutar de sus magníficas instalaciones, aunque sí de la calidez humana y la profesionalidad de todas y cada una de las personas que se cruzaron con nosotros en lo que duró nuestra estancia.
Salía de cuentas el 14 de mayo y estábamos impacientes. Llevaba experimentando contracciones dolorosas aunque bastante irregulares desde la semana 39 y cada noche pensaba que ese sería el día. Pero no. Andrés se tomó su tiempo. Ya pasada la fecha mi doctora se empezó a impacientar y sobre nosotros planeaba la sombra de la inducción. Nos resistimos educadamente con un no rotundo cuando me sugirieron provocar el parto en la semana 41+3.
La mañana del 22 de mayo estuvimos en monitores, con contracciones muy intensas según la gráfica, aunque aún irregulares. Cuello borrado al 50% desde hacía una semana. No había evolución, no estaba de parto. Nos mandaron a casa con cita para tres días después.
La caminata a La Tagliatella esa noche fue épica: quisimos ponernos las botas y así lo hicimos. Pasta y peli, un buen plan para una embarazada que ya apenas se puede levantar sola del sofá (ni girar en la cama, ni entrar sola en la ducha… ¡y qué decir de cortarse las uñas de los pies!).
Pasé la hora y media que duró la película más pendiente de encajar las contracciones de la pelota al sofá y vuelta que de otra cosa. Pero esa mañana me habían dicho que no estaba aún para parir, de modo que aquello tenía que ponerse más crudo, tenía que doler más, supuse. Y ser regulares… importante. Además ese día justo me venía fatal, estaba muy, muy cansada. Simplemente, no me apetecía salir corriendo. Las infusiones de hojas de frambueso y la comida picante no habían dado resultado. Ni las caminatas, ni subir y bajar escaleras como si no hubiera mañana. Pero la intuición me había fallado y en los créditos de esa película que no logré seguir le pedí a mi pareja que avisase a mi madre para que viniera a cuidar de la mayor, Martina, que sorprendentemente dormía ajena a todo. Teníamos que salir corriendo a Torrejón, las contracciones habían cambiado. Las dos últimas que tuve en casa me hicieron lanzarme al suelo y cuando llegó mi madre se le desencajó la cara de verme de esa guisa. Pobre. Y yo acordándome de esa mujer que días antes había dado a luz en la Cibeles.

No me veía capaz de aguantar el trayecto, juro que pensé que mi hijo vendría al mundo en el ascensor del garaje, pero no.
Subimos al coche y aquello no cesaba. Las contracciones dolían muchísimo, eran muy seguidas, casi como si fuese una sola. Hasta que comprendí que debía dejarme llevar y no luchar. Opté por sentirlas al máximo y automáticamente aterricé en el “planeta parto”. Pasé la segunda mitad del trayecto bailando al son de cada contracción, de cada ola, felizmente ajena a todo lo demás. Y llegamos al hospital. Bajar del coche fue una heroicidad. Tuve que apresurarme dejando a mi pareja atrás porque en esos momentos la meta era no dar a luz delante del mostrador. En silla de ruedas me subieron a la sala de exploración, que no estaba precisamente cerca. Me recuerdo retorciéndome y el celador pidiéndome que hablara. Como si en esos momentos me apeteciese dar el parte del día. Fue llegar a la sala y saltar literalmente de la silla para hacerme un ovillo en el último rincón que alcancé a ver. Las matronas me ayudaron a desvestirme y bajaron las luces. Nada de tactos, nada de vías ni de toma de tensión. No había ni tiempo ni necesidad.
Calor. Necesitaba agua. Me ofrecieron una botella que me eché por encima. En ningún momento dije que quisiese agua para beber. Necesitaba refrescarme para poder continuar. Y la matrona y la Auxiliar, verdaderos ángeles (Gracias Pilar, gracias Elena) atónitas ante lo que estaban viendo desde su lugar, sin intervenir (o al menos sin que yo me diera cuenta). De pronto rompí aguas, fue exactamente como dicen: como si estallase un globo de agua en el interior. Alivio.
Yo seguía loca de endorfinas, ajena a todo lo que me rodeaba y segura. Más que eso, poderosa, a pesar del historial. Loba, sacerdotisa, primitiva, salvaje, diosa, mujer. De rodillas, agarrada a las patas de una silla comencé a notar como mi niño descendía por el canal del parto. Ningún dolor. Y entonces mi pareja se sentó y me prestó sus brazos para seguir con la tarea. Fue muy sencillo: soplé al ritmo al que mi hijo se abría paso, despacio, en armonía. El tándem perfecto. La naturaleza nos dirigía y nosotros nos dejábamos hacer, tranquilos. No grité ni gemí, o eso me contaron.
La matrona me susurró que iban a comprobar cómo iba la cosa, pero les dije que ya estaba a punto de salir. Recuerdo exclamar emocionada “¡Ya está aquí!” Y segundos después, asomó su cabecita. Retomé fuerzas con una inspiración y al poco salió el resto del cuerpo, resbaladizo y templado, rezumando vida. Mi hijo.
Acurrucados los dos en penumbra, envueltos en sendas toallas, no daba crédito a la maravilla que acababa de experimentar. Andrés estuvo en mis brazos desde el primer momento. No lloró, no lo necesitaba. Nos trasladaron entonces a la sala de dilatación y parto, donde mi pareja le cortó el cordón una vez dejó de latir y donde en teoría, tendría que haberse desarrollado todo. También me cosieron un desgarro en grado II sin importancia que cicatrizó rapidísimo a los pocos días y sin dolor. Andrés quiso nacer con un brazo por delante, el muy valiente.
En esos 15 minutos que duró el nacimiento de mi hijo estuvieron presentes todas las mujeres de éste mundo a lo largo de la historia, desde la primera a la última. Comprendí la esencia y disfruté ese regalo que la naturaleza nos ha dado. 15 minutos llenos de sentido y de una intensa y sanadora luz que ahora, seis meses después, sigue brillando.
Y ahora, le miro mientras sonríe ensimismado a segundos de dormirse. Le miro y le doy las gracias.

martes, 17 de diciembre de 2013

Un lugar para madres

                                                 www.unlugarparamadres.blogspot.com


Si quieres más información, o ver los horarios en Barcelona y Girona,  pincha aqui



Y próximamente Novedades....

Bethany Webster : Taller "Sanar la herida de la madre". Coincidiendo con su gira por España, Bethany hará parada en Valladolid el 2 de Marzo de 2014. Proximamente enviaremos más información.

Y también...

Grupo de prácticas de Comunicación no violenta en Valladolid- para aquellas personas que hayan tenido algún contacto con la CNV. Más información aqui

Date un respiro edición invierno: 3 tardes en el primer trimestre de 2014

También hay la posibilidad de organizar talleres "a la carta" de embarazo consciente, posparto, maternidad, comunicación, gestión del estrés.
Y como siempre seguimos atendiendo consultas de psicoterapia individual




Nuevo taller embarazo y parto consciente


Para parejas que esperan su primer hijo y sucesivos


Un espacio cálido, cuidado y especial para crear un buen equipo madre-padre-bebé, conocer recursos que te pueden ayudar en el parto y el posparto, para descubrir qué es lo que realmente necesitas saber para dar a luz

A través del laberinto, las prácticas multisensoriales, el viaje de la heroina, lo artístico, los espacios de pareja, la música, las explicaciones vivenciales...

Una preparación diferente, nutritiva e inspiradora...
Dos sábados28 de Diciembre y 4 de Enero en Red de Mar (Valladolid)


Si quieres más información, pincha aquí

Taller y charla con Marga Iñiguez



Si el año pasado te perdiste el taller de Marga Iñiguez, Formadora internacional en Creatividad, asesora pedagógica de RTVE durante 13 años creadora de Espinete, (La Bola de Cristal, La Cometa Blanca, Barrio Sésamo, etc), este año vuelve de nuevo a Red de Mar.

Taller vivencial el fin de semana 25 y 26 de Enero de 2014

 
Visita su web para saber algo más sobre Marga Iñiguez AQUI

jueves, 12 de diciembre de 2013

¡Ha nacido un gorila!

                                Artículo sacado de la web http://elpartoesnuestro.es




En estos días ha nacido un nuevo gorila en el Parque de la Naturaleza de Cabárceno (Cantabria).
Me ha sorprendido una entrevista al jefe de veterinarios del parque (“Esto me suena”, en la 4ª hora. El podcast para escuchar la entrevista completa, que comienza en el minuto 25 y dura unos 8 minutos, aquí. A la pregunta de si ha nacido un macho o una hembra, la respuesta ha sido "no lo sabemos, la madre le tiene mucho cariño, le tiene abrazado contra su pecho y entonces no hay manera de ver qué sexo es".
Al parecer, no tratan de separar a la cría de la madre así que no saben el sexo, ni el peso de la criatura, ni le han hecho ningún control ni vacunación. Sólo les están observando, viendo lo bien que se agarra el bebé a la madre, viendo que ella lo coge y lo trata bien, constatando que mama más o menos cada dos horas... Ya verán si es macho o hembra cuando dé la vuelta al bebé y lo muestre.

El locutor ha dado por hecho que cualquiera le quita a un gorila su bebé, que se pondría hecha una furia. Pero el veterinario ha replicado que no sólo es eso, que si tuvieran que intervenir, sedarían a la madre para acceder al bebé, pero que es tan grande el impacto que generarían tanto en el bebé como en la madre y en el resto de la manada, que ni se les ocurre separarles. Pero es que la madre, en las primeras 24 horas no ha soltado al bebé en ningún momento “y eso es lo mejor que puede pasar, significa que tanto la madre como la cría están muy bien”. Ante la pregunta del locutor de “cuánto tiempo tiene que pasar para poder acercarse al bebé y ver que todo va bien”, el veterinario contesta que “ellos esperan que eso no pase nunca, que todo vaya bien y no tengan que intervenir”. Les hacen una revisión más adelante, pero “la cría sufre mucho cuando es separada de su madre”.
¿Y el parto? El parto ha sido rapidísimo, apenas se han dado cuenta. La gorila ha elegido dónde parir, que ha sido en la zona exterior y a la vista de los visitantes, y ha sido rápido "cuando el parto es así de rápido es que ha sido fácil para ella".
Es el segundo hijo de esta gorila. El primero lo tuvo muy joven y murió en un desgraciado accidente a los pocos días de nacer porque su madre cayó sobre el bebé en uno de sus movimientos. Ahora, comenta el director, esperan que sea diferente. Hace unos meses también nació otro gorila en el recinto y la madre ha podido ver cómo se cuida un bebé, cómo lo lleva otra madre, cómo mama… ha resaltado la importancia de la tribu, de cómo aprenden los gorilas los comportamientos mediante la observación de otros ejemplares.
En otro medio de comunicación leemos que cuando tuvo su primer hijo, esta madre gorila apenas tenía 6 años, muy joven, de hecho había estado mamando hasta los 4 años así que apenas había dejado el pecho y se había quedado embarazada. Ahora la nueva mamá es algo más mayor y ha podido aprender cómo cuidar a su bebé.
Se sacan tantas conclusiones de este nacimiento…
Me pregunto por qué no se da a la especie humana este trato exquisito otorgado a un gorila nacido en cautividad. Por qué no se nos observa, simplemente, por si algo va mal durante el parto, durante los primeros días del nacimiento de nuestros bebés, por qué no tenemos esa cultura de tribu para observar cómo se hacen las cosas y aprender, para defendernos unos a otros. Se ha conseguido que muchos hospitales no separen al bebé de la madre durante las primeras horas, pero hay muchísimos otros hospitales donde el nacimiento no es así, donde el bebé es llevado a pesar, a medir, a limpiar, a un nido, a mil cosas, mientras la madre, que no es una mamá gorila, espera que se lo devuelvan y a veces lo ve como lo más normal. La madre no es una enorme mamá gorila a la que da miedo quitar a su bebé, que se va a poner a chillar y a perseguir al que ose coger al bebé para pesarlo o simplemente para ver qué sexo tiene; la madre no  tiene a su alrededor una tribu de gorilas que chillarán y atacarán al veterinario que se atreva a acercarse a ese bebé. No sé en qué momento hemos perdido ese instinto de fiera que seguro que teníamos hace muchos milenios, pero no nos vendría mal en algún momento. El problema es que quien nos separa del bebé no es alguien de otra especie, es de la nuestra y lleva bata blanca/azul/verde, lo que no nos hace ni siquiera plantearnos ninguno de sus movimientos. Ojo, no digo que el de la bata blanca/azul/verde no crea que hace lo mejor para el bebé, no lo trate de la mejor manera que sabe, con dulzura mientras lo pesa o lo lava, y lo devuelva lo antes posible a la madre. Lo que digo es que tenemos tan asimilado que es eso lo que hay que hacer que se nos ha olvidado cómo debíamos ser en origen, y que lo suyo sería que el protocolo de atención al recién nacido dijera que el profesional sanitario simplemente interviniera si viera que algo va mal.
Y si no, no. Ya habrá tiempo para pesar y lavar al bebé. Como con mamá gorila.